Sábado, 22 de septiembre de 2007, El Litoral, Suplemento de Cultura

La niña que espía a quienes escriben

Por Sylvia Iparraguirre*


"Una letra familiar" propone una lectura que alude a lo autobiográfico. Un yo que cuenta los años de infancia y primera adolescencia en determinado medio familiar. Si bien esa es una posibilidad de lectura, yo elegí leer el libro en clave de ficción. Y lo elegí no sólo porque así me gusta leer este relato fragmentario y hermoso, sino porque de algún modo el texto me lo exige por sus características singulares. No hay en "Una letra familiar" el tono melancólico, rasgo frecuente en la escritura autobiográfica, que marque la felicidad de un tiempo perdido para siempre, el de la infancia; tampoco encuentro en el texto un tono irónico, que tome una distancia sarcástica respecto de una etapa de la vida que se considera superada. Ni la inmediatez melancólica ni el sarcasmo distante. Antes que nada este libro me propuso, como hace la ficción, un recorte arbitrario y revelador de determinados años y de determinadas escenas, y para contarlos, una mirada límpida, sin signo, desde la que se mide el mundo; como lectora, me sometí a esta mirada.

La perspectiva, la línea, que barre esta mirada es baja, ya que los ojos se encuentran a la altura correspondiente a una niña de unos cinco años. Así se abre "Una letra familiar". Una niña; no digo chica ni nena, porque los dos términos, aunque más coloquiales o tal vez por eso, se me estrechan y me ponen en un lugar incómodo. Desde la perspectiva de su altura, alrededor de los cinco años, esta niña mira el mundo. Objetivamente mira el mundo. Su horizonte es la casa, las ventanas, los patios, lugares donde habitan los personajes familiares: el padre, la madre, los hermanos, los abuelos; el ámbito, la casa familiar y las extensiones de esa casa: los médanos del mar en vacaciones, el estudio de la abuela escultora, el clima de los lugares adyacentes es el mismo, son como proyecciones de ese núcleo. La mirada no se regodea en nada, o mejor dicho, en muy pocas cosas; la mirada es humorística sin proponérselo y es tierna sin proponérselo, como son los niños. El logro literario fundamental del libro reside, para mí, en esta mirada que, merced a la sabiduría y al arte despojado de Irene, muestra una ausencia total de complacencia o de autocomplacencia, para lo que cuenta y para sí misma. Su mundo es lo que ve y vive en el presente, sin adornos ni reticencias, sin comentarios laudatorios ni recriminaciones retrospectivas. (...)

Irene Gruss ha ido hilvanando fragmentos, estampas de las primeras experiencias; escenas breves que adquieren una irradiación que expande el límite personal del yo que cuenta, corre las fronteras y construye un mundo. Y las primeras relaciones con el mundo están mediatizadas por las figuras familiares que aparecen y desaparecen en el relato, con una palpitación esporádica, como sucede en la infancia. No suelen estar presentes todo el tiempo. No hay una confrontación con los personajes ni una evaluación; los sucesos, la calesita, la casa, los veraneos familiares, la muerte del abuelo, el enamoramiento del colegio, el club del clan, el discurso comunista de los padres militantes, la cárcel del padre, la culpa burguesa, están recortados sobre el mundo todavía sin signo de la protagonista-niña (...)

La flor del cardo tiene el color más hermoso. Es tan hermosa como el girasol. Pienso en lo que le debe haber costado crecer en la arena y encima con ese tallo feo llegar a dar esa flor preciosa. Cuando sea escritora voy a contar esto, escribe Irene, que piensa la niña.Y esto tal vez comience en la primera escena: la del deseo por la escritura. La escritura de los otros es un bien observado y deseado; la escritura del padre y la del hermano aparecen en primer término. La niña espía los gestos que acompañan el acto de escribir de los otros; la mirada se centra en los trazos sobre el papel porque allí tal vez surja el símbolo de algo. Quizás el trazo de un camino a seguir, un camino incierto, como la letra de Selva, la hermana, acechada por la locura. Luego desde el momento más temprano viene el gusto por las palabras, la colección de palabras. La niña es alguien atraída por las palabras (sombría, consternada), por la lluvia, el viento, el mar, los plátanos (...)No sé qué significado tendrá para Gruss el salto de la poesía a la prosa. No veo que sea un cambio, sino una convivencia; como no podía ser de otro modo, la poeta está en la prosa. Para el texto sin duda es un valor que se agrega. Prueba de la poeta: Yo no vengo a pensar. Para pensar está el paraíso con el jazmín del país alrededor. Estar triste es otra cosa. Ni canto ni nada. Miro el pasto y lo hago en blanco y negro. Como una película terrible. Cuando yo me muera quiero que todo sea en blanco y negro. Así no se puede morir una, tiene que ser una tristeza perfecta (...)Lo singular de "Una letra familiar", lo que me llevó de la primera línea hasta la última sin parar, sin detenerme, fue esa mirada que encontró Irene, cuando fue hasta el fondo de Irene Gruss. Como los buceadores, los buscadores de perlas, habrá que sumergirse, aguantar la respiración y buscar allá, en lo profundo, aquel fragmento que brille por sí mismo, aquella perla que no va a adornar a nadie ni a nada, sólo va a proporcionar la pura evidencia de su existir y de su perdurar, aquel fragmento redondo de tiempo en que se escuchó la lluvia en un jardín, se vio el mar por primera vez o fue testigo de la esquizofrenia de una hermana. Irene nos deja en el umbral: ahora la niña es una chica de quince años y el mundo, vuelvo otra vez a Dylan Tomas, empezará a desnudarle la piel.

*Fragmentos de la presentación de "Una letra familiar" en Buenos Aires

 

Domingo 23 de septiembre de 2007, Página/12 Suplemento Radar Libros

Niña en el tiempo

La militancia de los padres, la escuela, las lecturas adolescentes, son revisitadas en el primer texto en prosa de Irene Gruss.


Por Leonor Silvestri

Una de las voces más potente de la poesía argentina actual sorprende con su primera publicación en prosa, con resonantes ecos oblicuos a Cuadernos de Infancia de Norah Lange o, incluso, a Varia Imaginación de Silvia Molloy. Irene Gruss evoca la infancia (¿la suya tal vez?) a través del soliloquio de voz de niña que se va haciendo adulta en la década del 60, como si se tratara de un diario íntimo, pero sin serlo realmente. Un mar de sensaciones, con un fino manejo poético sobre la lengua, propio de su género literario de procedencia, y un asombroso trabajo de recuperación de usos y modismos de aquellos años son la características claves de este sutil texto (“El árbol más alto se mueve y las hojas me hacen cosquillas en los ojos con la luz, así que a cada rato tengo que bajar las pestañas y la cabeza.”).
 La historia familiar parece no tener grandes sobresaltos a simple vista. De entre lo nimio, aparecen las líneas políticas de experiencias obreras históricas. Aunque la nena, evocadora y protagonista de esa memoria, no entiende siempre lo que ocurre (“…mi madre también está nerviosa, tiene ásperas las manos y están sudadas…Con la cartera todavía colgada del hombro, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa? ¿Libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!...”), el público lector percibe los riesgos que corren una madre y un padre militantes del PC. Sin embargo, y aun ante la ubicuidad de la herencia del progresismo argentino, especialmente judío, este texto no es torpemente panfletario. Gruss se las ingenia para mostrar las contradicciones inherentes a los miembros del partido sobre la educación de su progenie, sin condenar por completo, especialmente condensadas en la figura de la severa madre, que critica el aburrimiento infantil frente al libro de estudios como “lujo de ricos” o que impide a su nena, por momentos, frívola, tomar la comunión sin una persuasión convincente (“Le pregunté con furia por qué no podía tomar la comunión y ella estiró el cuello seria y dijo: “Porque nosotros creemos en el Hombre”…yo no entendía qué tenía que ver eso con el vestido para la comunión…Cristina me dijo que si quería cuando fuera grande podía tomar la comunión, pero la macana era que de grande es sin vestido.”); o el lugar de las mujeres que continúan siendo la cocina y que, más allá de toda militancia, sigue reproduciendo la opresión de otras mujeres, por ejemplo, a través de la empleada doméstica. Asimismo, los pequeños detalles y el rol (de)formador de la escuela (“La poesía de la escuela me hincha. Para empezar, hay que estudiársela de memoria, es una porquería porque habla de cosas que a nadie le importan, a quién le van a importar las mieses o el vergel, esa pavada. ¿Qué son las mieses?”) que colisiona indefectiblemente contra la voluntad de ese mundo en construcción con nuevos individuos y sus gustos de clases.
No es esta una almidonada oda a la infancia dorada. La voz que recuerda se enfrenta duramente, aunque su estilo no sea tal, con todas las trabas que le tocan por ser mujer, argentina, no exactamente delgada o bonita, y desear ser algo diferente a lo que tanto sus padres como el mundo tienen reservado para ella; y eso se paga con el ostracismo, muy levemente auto-impuesto (“Cuando tocó el recreo me fui al otro patio. Ahí puedo hablar conmigo tranquila y no escucho las estupideces de las chicas; para ellas todo es el pelo y la pollera y que si te venís pintada qué pasa.”).
Sin embargo, a pesar de la sordidez de la rememoración, el libro es cálido con dulces escenas de la vida cotidiana y trifulcas ideológicas que hoy serían impensables. Las lecturas formadoras de la adolescencia (“…agarro Tania la guerrillera porque es distinto, me hace pensar que soy una egoísta de porquería porque ella lo da todo y encima la torturan en la nieve, y yo aquí con el ventilador como una burguesa idiota.”) sumadas a algunas referencias son hoy inexplicables para el joven lector, absento del mundo de la política (“…le dije a mi madre que iba a afiliarme al Partido. Yo quiero ser como la de Pasaron las grullas.”). Aunque, de algún modo, Una letra familiar reniegue tanto del paulatino aburguesamiento de su propia familia como de ciertos aspectos de la lucha, la emotividad de “luna como una pintada roja” que tiñe el texto frente al graffiti anti-norteamericano recién hecho por su protagonista, reclama aún, como la famosa letra de los Redondos, un regreso a Octubre. Temas que en la actualidad son motivo de infundada burla, pero que en otro momento eran la promesa de un valiente mundo nuevo.

 

Domingo 23 de septiembre de 2007, Perfil, Suplemento de Cultura

Una letra familiar

Por Juan Fernando García

Irene Gruss (BA, 1950) es una de nuestras mejores poetas. Con una obra sólida y personal, hace veinticinco años aporta su voz a la literatura argentina. Una letra familiar es su primera prosa. Una nouvelle que entreteje, a veces como diario íntimo, otras en precisas evocaciones del pasado, un mundo sensorial, además de la memoria de una familia singular, desde la mirada siempre atenta de una niña y del cambio que el tiempo y la experiencia operan en la letra manuscrita.
Si la autobiografía es una tentación para observar la vida de un autor, en estas viñetas, en las entradas del diario (que funcionan, sin fecha, como calendario histórico: la Revolución Libertadora, la militancia de los padres, el Club del Clan), los niveles de ficcionalidad aportan el tono que hace de este breve libro una obra exquisita. Zona mixturada que viene de Cuadernos de infancia de Norah Lange y va hacia Mudanzas de Hebe Uhart.
Los cambios temporales, la utilización de marcas lexicales de época, la cultura judía, acompañan a esta niña hacia la adolescencia. Letra y música hacen el ensamble. La autora de Solo de contralto en busca de la felicidad. “La flor del cardo tiene el color más hermoso. Es tan hermosa como el girasol. Pienso en lo que le debe haber costado crecer en la arena y encima con ese tallo feo llegar a dar esa flor preciosa. Cuando sea escritora voy a contar esto.” Como novela de iniciación, no resuelve el dilema: ¿cantar o contar?
Alicia en el país de las maravillas, el Diario de Ana Frank, las primeras lecturas de Marguerite Duras; de la pluma cucharita a la Parker verde oscuro, y una máquina de escribir de uso exclusivo de los mayores.
El relato de Irene Gruss no hace concesiones con el pasado, al igual que su obra poética.
La nouvelle de una poeta central merece la atención de aquellos que indagan en primeros libros. He aquí uno excelente.

 

Sábado 29 de setiembre de 2007, ADN Cultura, La Nación

La niña artista y su diario

Por Walter Cassara


Nadie escucha su propia voz, que es un rostro. Nadie escucha su propio acento, que es un lugar", escribe Pascal Quignard en un raro y hermoso libro llamado Retórica especulativa . Nadie puede reconocerse en la inflexión de su voz, aunque todos nos sometemos instintivamente a ese sonido que nos guía como un fetiche -un sello- grabado con nuestro nombre en caracteres japoneses. En Una letra familiar se trata justamente de eso: de seguir en el texto las reverberaciones misteriosas de la propia voz apelando al registro espontáneo de una niña que apunta sus vivencias cotidianas en un diario íntimo. Para ello, Irene Gruss, intuimos, viaja a su pasado, indaga en los recovecos de su infancia como quien se asoma a la esmerada letra cursiva de una niña que recién empieza a vivir, pero que ya muestra una sólida vocación artística y cuyos tesoros más preciados son, además de un disco del Club del Clan, un cuaderno de notas y la pluma fuente que le regaló su padre. De esta manera, con un cuidado milimétrico, una sensibilidad entre lírica y caligráfica para el dibujo de la frase coloquial, Gruss transcribe las marcas orales, los lugares comunes del habla de una época, que son, en realidad, los verdaderos protagonistas de la primera novela corta que publica la autora, que hasta ahora se había consagrado sobre todo a la poesía. Términos como "tarúpido" o "escorchar", lugares comunes del tipo "hambre loco" o "todavía me dura la bronca" van desplegando una trama sencilla, que no se propone grandes cosas en el plano de la ficción pero que logra aproximarnos con verosimilitud a una infancia signada por las exigencias y las contradicciones de una familia pequeño-burguesa en el marco social y cultural, altamente politizado, de la Argentina de los años sesenta. La novedad no pasa tanto por el desarrollo de la historia, que narra apenas unos cuantos episodios iniciáticos en la vida de una niña en un lapso que va de la escuela primaria hasta la pubertad, como en la mirada fresca y candorosa con que el texto aborda algunos puntos álgidos de la reciente historia nacional. Hechos de fuerte connotación en nuestro imaginario, como la Revolución Libertadora, el peronismo o la persecución política son presentados de un modo que sorprende y conmueve en los ojos de esta niña que observa y juzga su entorno con una curiosidad no exenta de un agudo sentido crítico; esta niña que prefiere, curiosamente, el Diario de Ana Frank a Alicia en el país de las maravillas , pero que de la misma forma puede deprimirse porque no la dejan, sus padres que militan en el partido comunista, tomar la primera comunión o entrar en un grupo de los Niños Cantores de Viena porque lo consideran potencialmente "nazi". Como lo hiciera antes en La calma o La dicha , por mencionar sólo algunos de sus libros de poemas, en Una letra familiar , Irene Gruss sabe sacar el máximo provecho a los clisés de una época, darle brillo a unos cuantos lugares comunes, esas "eternas obras maestras" según Cocteau, para entonar una voz granulosa e inconfundible, sabiamente templada entre la magia y el desencanto.

 

Sábado 26 de enero, de 2007, Revista Ñ, Clarín

Palabra de una niña
Una letra familiar, una nouvelle regida por la ilusión de la escritura.

Por Sara Cohen

“La letra de mi padre me gusta no porque el trazo sea seguro solamente, es pausado”. Así comienza un relato que enhebra textos anclados en fuertes vivencias de la infancia. El clima político, las contradicciones de los adultos, la muerte del abuelo, la enfermedad de la hermana y los descubrimientos de lo que la literatura puede decir: “Cuando sea escritora voy a contar esto”, son articulados por Irene Gruss con una precisión sugerente.
Autora entre otros libros de El mundo incompleto, La calma y  Sobre el asma, Gruss supo encontrar como poeta una voz singular. ¿De qué manera indaga en lo narrativo? Ubica algunas escenas sin posible desenlace y las dice con una economía selectiva a través de una voz infantil. Inicia algunos fragmentos así: “Yo me acuerdo cuando una vez a la tarde no fuimos a la playa porque mi abuelo se murió en el jardín de adelante“, o “Yo me acuerdo aunque fuera muy chica de cuando mi padre estuvo preso”.
Trabaja un registro aparentemente ingenuo del cual se infiere el dolor y la omisión en el decir de los padres. Es un relato cuyo hilo conductor sin embargo es gozoso. Está atravesado por la letra y la ilusión de la escritura. La percepción de lo bello y la experiencia de lo intraducible conducen a algo que queda por decir: “¿Qué hago con mi vida, canto o escribo? Hoy no sé ni cómo me llamo”.
Palabra de niña, letra de padre. Cruce de discursos. La autora logra un tono verosímil en el mundo de ficción de una niña cuyo relato ya está atravesado por la resignificación hecha por el adulto de esa historia familiar.
Existe una vivencia de extrañeza que es propia del escribir, cómo y a quién podría contarle ese personaje infantil aquellas rarezas de su familia. La nouvelle transmite con buenos recursos literarios esa experiencia. Tiene un tono justo y hace convivir lo triste y lo bello en un delicado equilibrio. Muy elocuente es la manera en que la autora elige finalizar esta nouvelle, ni más ni menos que con la fiesta de quince de la protagonista, quien no quiere aparecer en su propia fiesta: “yo miro a cada uno, casi de lejos, como si lo que pasara fuera de veras mi fiesta, un espectáculo raro y en colores”.



 

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