La Nación, ADN cultura 02-10-2007

por Jorge Ariel Madrazo

Sin descender nunca al sentimentalismo, el libro hace eje en los miedos, sacrificios y humillaciones que en esta sociedad parecerían propias de la condición femenina, en particular en el marco de las crueldades y situaciones violentas del desamor conyugal. Una tragedia que abarca a los hijos y la lucha contra el dolor. Hasta se equipara simbólicamente las debacles del espíritu con las de la naturaleza.

De Ruschi despliega un tono de arte mayor, desde lo elegíaco a una variedad de formas que prueban su dominio poético. El clima es desgarrado, la imaginación llega a invocar a la diosa Ártemis y a Alcestes, emblemas de la fecundidad y la abnegación femenina. Es clara la alusión a la salida de los judíos de Egipto huyendo de la opresión y de la desdicha, "pozo oscuro donde no me miraré más"

 



 
La voz del interior, 12 de junio de 2008


Poética del dolor
Por Antonio Oviedo

Basta saber que María Julia de Ruschi (Buenos Aires, 1951) es autora de los siguientes libros de poesía: Polvo que une, Et amava, La mujer vacilante; que además ha traducido a Sylvia Plath y también el magnífico poema largo Viaje Terrestre y celeste de Simone Martini, escrito por el italiano Mario Luzi. Los 31 poemas de menor o mayor extensión que integran Salir de Egipto permiten, contrario sensu y aunque parezca un juego de palabras ingenioso, entrar a unos textos en los cuales la lectura aspira a permanecer. Se trata de una aspiración justificada de manera plena, cada uno de los poemas, a su vez, convoca a los demás, al conjunto y éste no renuncia a esa meta que el título –Salir de Egipto– en todo momento procura hacer tangible: así lo demuestran los enunciados proclives a cimentar su continuidad. Continuidad, corresponde decirlo, elaborada a través de un finísimo hilo que va uniendo, una a una, las distintas estaciones de una autobiografía que se resiste a emerger en cuanto tal, a mostrarse de un modo compacto, por así decirlo, sino que sus movimientos son otros, más subrepticios y elusivos. Si hubiera una forma para definir la búsqueda recién "descripta", ella se podría leer en esa línea del poema El camino del desierto: "una oración leve suaves murmullos". Finísimo hilo, entonces, de una experiencia de la vida y la muerte, de la muerte que acecha todos los instantes de la vida de quien escribe y anhela resguardar su último aliento en la escritura. De allí que el "hilillo de sangre" de la enfermedad pudorosamente velada tiende a ramificarse, y son los signos del dolor y de la muerte los que la exacerban. Enfermedad ubicua convertida también en la portadora de las manifestaciones del dolor que preanuncian la muerte, quizás la retardan, van sorteando sus expresiones más virulentas. Tema de una enorme irradiación existencial y sobre todo lírica en un Ungaretti, en un Joseph Brodsky, incluso en una Anna Ajmátova, el dolor en la poética de M. Julia de Ruschi ha construido sus escalones identificándose con el miedo, con la locura y con el mal. Circula, asimismo, en el interior de cada palabra o entre los regueros de desdicha, de congoja acalladas tal vez por la posibilidad de "salir de Egipto", salir de una dimensión geográfica que es lugar de encierro e infortunio. El correlato verbal de este espacio hostil no suprime su carácter adverso: "la idea del dolor encerrada en el dolor", escribe Ruschi. Y la pregunta, imperiosa, socavada por la incertidumbre, adquiere la fuerza de un clamor: "¿quién me sacará de Egipto?". La procedencia bíblica de esta alusión queda raudamente subsumida en el devenir poético forjado por Ruschi. Para ese fin apela a una sintaxis entrecortada, repleta de ritmos muchas veces truncos, de bruscas elipsis indispensables para llevar a cabo el propósito de que la escritura poética pueda también "salir", apartarse de moldes estereotipados dentro de los cuales gradualmente perdería la oportunidad de hacer oír sus incógnitas más urgentes e intempestivas.

 

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