.LA NACION | 07.12.2003 | Página 4 | Suplemento Cultura

.El goce de la palabra poética

Jorge Monteleone

 

En este nuevo libro de poesía, Guillermo Saavedra (1960) recopila textos de siete libros inéditos, escritos entre 1980 y 2003. El volumen se inicia con la serie "Revientacaballos vencerá" y finaliza con "País en fuga", un adelanto de lo que será su próximo libro. En ese arco, estos poemas se cruzan con sus otros libros --Caracol (1989), Tentativas sobre Cage (1995) y El velador (1998)-- a los que habría que sumar sus gozosos libros para niños, Pancitas argentinas (2000) y Cenicienta no escarmienta (2003). Ese goce de la palabra, que halla en el juego verbal una comunicación paradójica, reaparece en La voz inútil. La paradoja consiste en que el poema alcanza una capacidad expresiva del lenguaje para constituirse en algo así como un "imitador de voces", y a la vez elude sus aspectos comunicativos más convencionales. En su inutilidad, literalmente, no "sirve para nada": ni como mensaje dirigido, ni como manifestación de un yo trascendente, ni como lugar común. Sin embargo, la poesía libera allí al lenguaje de sus lastres, de sus oxidados matices, para un enriquecimiento cuya última manifestación nunca dejará de ser social.
El trabajo poético de Saavedra, en la intermitencia de los ritmos clásicos y hasta de formas canónicas como el soneto, explora menos la deriva de las palabras que cierto enloquecimiento de los significados: la posible racionalidad de toda comparación es sometida a una lógica delirante. Eso ocurre sobre todo en "Revientacaballos vencerá", con reminiscencias de las vanguardias históricas: "La nieve lamentaba un pez en mi garganta/ y era un casto violín la voz de esa bengala./ Fui núbil sin saberlo nadando en este lunes/ y me apuné de soledad, nublé mi calma". La metáfora está dislocada respecto del referente y produce un efecto de extrañeza. Pero, a la vez, el experimento verbal se vuelve familiar mediante el habitual recurso a la tradición del verso castellano --de arte mayor o menor-- o bien con variaciones muy libres de formas fijas, como el haiku, en la serie "Moras en el día."
A menudo los objetos se recuperan en formas inesperadas de representación por las palabras, como si en ellas tuvieran una sobrevida respecto de su existencia concreta: animales y frutas, visajes de la luz, inveterados colores, tesoros del tacto. Las cosas se transforman en el poema y, aun a costa de esa metamorfosis, perduran en otra cosa, no menos enigmáticas: "Rojo humor de la sandía:/ su apariencia de carne,/ su vanidad de agua". Atajo del poema para alzarse en el tiempo: cuando, como en la sección final, esa materialidad cambiante se cruza con una tragedia social, se vuelve signo ominoso.
En la forma buscada, en la diversidad de los tonos y estilos, en la incansable emoción basada en la risueña sorpresa, en la condensación del instante, en el absorto accidente del verbo que elude lo esperable, hay una aspiración: concebir el lenguaje poético como un hiato del tiempo precipitado, una pausa. Acaso como el espacio donde lo irreversible se silencia en el seno mismo de la experimentación verbal: "La forma es el silencio./ Lo que suena,/ su búsqueda celosa". De allí que a menudo la poesía de Saavedra apele a la música y sus compositores o intérpretes (Bach, Mozart, Beethoven, Feldman, Cage o Gould, Brendel, Arrau). Las voces se vuelven sonidos, que se tornan idealizada materia musical en el poema, para sublimarse en un silencio pétreo como el de todo arte sucesivo: "Viven en vilo/ los verbos sentenciosos, los colores/ los tenues accidentes/ del silencio,/ y es ciega su intuición,/ late en la forma/ que aguarda el suceder, se vuelve piedra".
Guillermo Saavedra reafirma con este volumen su proyecto poético, donde priman una voluntad constructiva y un experimentalismo que siempre cuenta con la complicidad del lector, ese placer alerta que incomoda todo asombro acerca de lo real.

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© bajo la luna, 2007