Domingo 8 de julio de 2007, Buenos AIres | Suplemento Cultura La Nación |


Duelo de amor en el yo lírico

Por Jorge Monteleone

Toda poesía amorosa pone en escena dramáticamente el juego discursivo del yo lírico dirigido a un tú, que es su objeto de amor. Cuando ese tú ya no es aquel objeto exaltado y fascinante para la mirada amorosa, sino el lugar vacío que deja su vasta ausencia, el sujeto de la poesía lírica obtiene toda la fuerza enunciativa de su duelo. Así ocurre, por ejemplo, con el sujeto lírico de Petrarca en el Cancionero o el de Banchs en La urna . Hacer de un sujeto enamorado un sujeto lírico es una antigua forma de representar en el poema la agónica y a la vez soberana puesta en escena del Yo poético, que crea un drama subjetivo y una retórica. Un retorno posible de ese Yo en la poesía argentina de este nuevo siglo puede producirse mediante el regreso crítico y nada complaciente a una lírica amorosa. Aunque con diversas resoluciones, tanto en el último libro de poemas de Tamara Kamenszain Solos y solas (2005), como en éste de Horacio Zabaljáuregui, Querella , el sujeto poético se conforma y habla refiriéndose a un tú amoroso ausente: su decir se articula en la queja. Ese es el sentido etimológico del vocablo querella : una queja, un lamento, un sentimiento doloroso -que en este caso es además producto de una desavenencia profunda y de una ruptura. "En ese primer otoño / estoy velando las armas del duelo. / Solo, / distante, / soy un cuerpo extraño", son los primeros versos del volumen. Allí ya se declara que el lamento que sostiene el habla poética de Querella es el de un duelo de amor; que ese duelo, además, es el efecto devastador de una discordia; y, en fin, que acaso los treinta poemas que construirán ese Yo lírico -cuya exaltación romántica carcome una ironía beligerante- parecerán también el discurso de un ser extraño o un fantasma de sí mismo. Querella genera así un efecto doble: el de un sujeto poético extrovertido en su pasión y, al mismo tiempo, asombrado del vacío que deriva en una especie de "no lugar del Yo". La lectura del volumen permite advertir una sutil gradación en el relato de ese Yo poético del duelo, que se hace evidente en cada sección. En la inicial, "Primer otoño", prevalece un reconocimiento, no sólo del pasado de la ruptura amorosa ("el mester de la discordia"), sino también el presente como espacio vaciado y en el cual la pareja del amor perdido reaparece en los espejismos de un vago "nosotros", bajo las formas huecas de un museo de cera o el de un paisaje muerto de movimientos congelados. Esas formas, no obstante, tienen el sentido punzante del recuerdo, que nunca se cancela. Ese es el motivo que organiza la segunda sección, "Fragmentos del amor moroso", explícito homenaje al gran libro de Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso . Querer escribir el amor, decía Barthes, es enfrentar esa región de enloquecimiento donde el lenguaje es a la vez excesivo (por la expansión emotiva del yo) y pobre (por los códigos que aplanan lo que es indecible). La demasía del duelo consiste en reconocer una imagen persistente que se torna una condena y como tal debería ser borrada. La tercera parte, "Encadenados", se abre a esa lucha del que quiere sacrificar el imaginario del amor pero sabe que tal sacrificio también supone la liquidación del Yo, encadenado a su objeto. El vacío fascina, la querella obliga y la condición del poema es así ese blanco sin olvido del amor perdido y a la vez sostenido en su fantasmal insistencia irreal. "Por un instante,/ a la vera,/ me quedo/ en blanco" escribe Zabaljáuregui. El poeta del lamento es llamado con ironía "el poeta serial", como el insistente aniquilador del sí mismo cuando busca el inútil olvido. La cuarta sección se llama "Ostinato". Ese término musical se refiere a esquemas melódicos o rítmicos que se repiten insistentemente (un ejemplo sencillo es el célebre "Bolero" de Ravel). Y la insistencia ha dado el aire metafórico a su carácter en el final del libro: ostinato como obstinación. El ritmo o el motivo poético como porfía, la tenacidad de lo repetido en el duelo de toda querella de amor. El poeta serial, escribe Zabaljáuregui, "no labra estilo,/ se desangra;/ en la coreografía patética de la repetición/[ ]/ Encadenado a esa mujer/ el poeta serial/ balbucea el mantra de la pasión/ de lo que no fue". La ausencia se transforma en "mantra", pero en una mantra negativo, que no protege al yo sino que lo extravía: en tal repetición el sujeto está condenado a actuar su ficción y justificar su habla. El Yo enamorado, finalmente, descubre que su afecto no es melancolía, sino la "ilusión de un lugar/ que no teníamos deparado". En esa misma ilusión se eleva y se sostiene el Yo poético de Querella : el Yo "solo en celo", llevado en vilo por su propio desatino, condenado a errar una y otra vez, como si no supiese nombrar otra cosa que una belleza en ruinas.

 

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© bajo la luna, 2007