18/12/2005 - Suplemento Señales - La Capital - Rosario

Imperdible: "No mueras sin laberinto", de Lorenzo García Vega
Por Mario Arteca

Recomiendo "No mueras sin laberinto", de Lorenzo García Vega (Bajo la luna). Este libro es la imperfección literaria más convincente de este año. De él surge la mirada del lector como creador, lo cual acerca y mucho a cualquier noción de lector que se pueda tener a priori. Es imperfecto porque su sustancia, es decir, los materiales con los que trabaja García Vega, son fruto de madres diferentes. La sintaxis es riesgosa, porque no se instala en la jerarquía de la comprensión, sino en la búsqueda de un sentido que se somete a la desaparición del mismo. Repetición, reflexión filosófica, cortes abruptos en medio de la frase, preguntas inconducentes, son parte de la fórmula infalible de una escritura tan extraña, despareja, antirretórica, como eficaz a la hora de provocar una emoción tan desconocida, que logra, entre quienes escribimos, repensar qué estamos haciendo con nuestros
propios textos.

DOMINGO 23 de Julio de 2006 - Suplemento de Cultura – La Nación

Máscaras para el artificio

Por Sandro Barrella

Lorenzo García Vega nació en Cuba en 1926 y reside fuera de la isla desde 1968. Desde entonces conoció un destino errante que lo llevó de Madrid a Nueva York, luego a Venezuela, hasta que se estableció en Miami, rebautizada por el poeta como Playa Albina. Un dato no menor de su biografía es el hecho de haber sido el integrante más joven del grupo Orígenes que comandaba José Lezama Lima.
No mueras sin laberinto es una antología que recoge parte de su producción más reciente: Vilis (1998), los inéditos Caminandito hasta estar sentado (1999), Textilandia albina (2004) y dos poemas también inéditos.
Vilis es una ciudad, que es un libro, que es una literatura. Invención, realidad, y viceversa, Vilis parece una ciudad proyectada por un arquitecto de nombre Kafka. Ahora bien, una vez dibujados los planos, la ejecución de la obra se le confía a Henri Michaux, y, de tener un santo patrono, el de esta ciudad sería Marcel Duchamp. Es que, como se lee en cierta página, "en Vilis suceden cosas rarísimas". Hay un Constructor de cajitas, un Escritor Albino, un Ex-Jesuita Onirólogo, y hasta un tal Lorenzo García Vega, nombres que son menos que personajes: máscaras para el artificio. Los textos se ordenan según la descripción que se hace de la literatura practicada en Vilis. Se dice allí que el género literario de la ciudad es el Zuihitsu, una "colección de fragmentos: anécdotas, anotaciones, observac iones de cosas curiosas, descripción de sentimientos y cosas por el estilo, todo ello sólo, por casualidad con relación entre sí". Alarde de duplicación, Vilis -el libro- se construye a la manera de la literatura que postula la ciudad de ficción. De allí que no valga la pena buscar un hilo conductor de las narraciones. Si hay un hilo, está cortado, en manos del lector que no tiene más remedio que perderse en ese laberinto sin salida. Pero, ¿alguien querrá salir de este laberinto fascinante de lectura?
García Vega construye sus textos con el mismo afán con que el Constructor de cajitas se aplica a sus pequeñas piezas, cuando pretende dotar a un aroma con las propiedades de las texturas. En su caso, reviste la realidad con los atributos de lo onírico. En Caminando hasta estar sentado o en Textilandia albina , la escritura se desplaza, revela un mundo desquiciado, alucinante, de una realidad otra, poblada de asociaciones singulares, y cuya est ructura parece obedecer, las más de las veces, a la gramática de los sueños. El autor proclama la autonomía absoluta de la escritura, se siente cómodo en la extrañeza, y reafirma en cada trazo el gesto de quien no cesa de pertenecer a una tradición que llamamos vanguardia.
Descifrar los disfraces es menos interesante que leer las máscaras y creerlas, como en un teatro de títeres. Insensato querer buscar las correspondencias con "lo real". Sería un acto contra natura (contra lectura) pretender verificar aquí los tentáculos de realidad. Sobre el final de Vilis García Vega (o la voz que elige para dicha ocasión) vuelve a Cuba, se pasea por las calles de La Habana, "en cueros en pelotas", se reencuentra con los antiguos camaradas de Orígenes. Un recorrido que lo ha llevado desde el exilio que ya dura más de treinta años y que, de pronto, el autor borra con el codo de la imaginación. Su última jugada consiste en desbaratar el cerco de lo real merced a que no cede a la tentación de un último párrafo que cristalice el sentido. Se contenta con decir que "la literatura es literatura, y nada más." "Menos mal...", aclara. Puntos suspensivos, punto de fuga.

 

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