Domingo 2 de septiembre de 2007 – Perfil, Suplemento de Cultura

¿Cómo no escribir una biografía?

¿Qué es un acontecimiento literario? No lo sé. Sin embargo, es una frase muy usada por los suplementos culturales, los editores, los libreros, incluso hasta por los escritores.

Por Damián Tabarovsky

Qué es un acontecimiento literario? No lo sé. Sin embargo, es una frase muy usada por los suplementos culturales, los editores, los libreros, incluso hasta por los escritores. Quizá se encierre en esas palabras una doble paradoja: para mí, todo acontecimiento es literario y, sobre todo, la literatura es siempre un acontecimiento. Pero no creo que alcance con esta definición de ida y vuelta. En todo caso, puedo hablar de lo que es un pequeño acontecimiento literario privado: encontrar un libro que hace mucho vengo buscando. Por ejemplo, eso me pasó con Los años de Orígenes, del poeta cubano Lorenzo García Vega. Publicado en 1979 en la editorial venezolana Monte Avila, nunca circuló en la Argentina, y yo nunca pude encontrarlo en ningún viaje al extranjero; un par de amigos míos lo tenían, pero nunca se los pedí porque no me gusta leer en fotocopias y mucho menos robarles libros a mis amigos (no por altruismo, sino por miedo a sus venganzas). Finalmente, acaba de ser editado en Buenos Aires en la buena editorial Bajo la luna, y su lectura estuvo a la altura de tanta espera.
Dirigida por Lezama Lima, publicada en La Habana entre 1944 y 1956, Orígenes es una de las revistas literarias más significativas de América latina. Su influencia estética y cultural sólo puede compararse con la que en la misma época tenía Sur. García Vega integraba el concejo de colaboración junto a Eliseo Diego y Cintio Vitier, entre otros. Orígenes es el punto más álgido de una larga y extraordinaria tradición cubana de revistas literarias, que había comenzado con Espuela de Plata (1931-41, también dirigida por Lezama Lima), luego pasado por Orígenes, más tarde por Ciclón (mezcla de desprendimiento de Orígenes con recambio generacional, dirigida por Virgilio Piñera), y finalmente con Lunes, un semanario cultural de la primera época de la revolución, cuando todavía había lugar para la heterodoxia literaria.
Pero en verdad, García Vega no narra la historia de la revista. Su maestría reside en ser fiel al equívoco del título del libro: cuenta los años en que surgió Orígenes, el clima cultural y social de esa época, la forma de vida de la Cuba de entonces. No la historia de la revista, sino la de su contexto de aparición. Los años de Orígenes son años de opresión, de desdicha, de una sensación de desasosiego. Son los años del surgimiento de una nueva sensibilidad literaria y los de un aburrimiento terminal. A mitad de camino entre la autobiografía y el retrato de una sociedad pacata y pueblerina, Los años de Orígenes es un brillante ejercicio de cómo no escribir una biografía oficial, una biografía profesional (con sus fuentes documentadas, sus datos chequeados y su estilo pasteurizado), que sólo puede compararse con El mensajero, la genial biografía que Fernando Vallejo dedicó al poeta colombiano Barba Jacob y con La operación Masotta, de Carlos Correas. En los tres casos, la biografía funciona como ajuste de cuentas, como espejo autobiográfico, como pesquisa sobre la temporalidad (desafiando la idea de que la biografía debe comenzar por el comienzo y finalizar por el fin), como la puesta en escena de una subjetividad descarriada, como diagnóstico crítico sobre una época y como el espectáculo de una prosa inigualable.
Y en el medio del libro de García Vega, un solo actor: Lezama Lima. No Orígenes, sino Lezama. El amor-odio por el gran poeta, por el gran vanguardista cubano que no dejó nunca de ser un conservador (otra cosa que tienen en común las tres biografías es que corren por izquierda a su objeto de estudio). Escribe el biógrafo: “Pues Lezama y los años de Orígenes es también la pesadilla de Lezama y la pesadilla de los años de Orígenes”, para terminar el libro con una confesión: “No, no he podido resolver mi rencor con Lezama, ni he podido resolver mi rencor con aquellos años de Orígenes. Pero no he podido olvidar la ejemplar lucha de los origenistas, así como no olvido la grandeza de Lezama, ni olvido lo cubano y tierno de Lezama”. La biografía como la escritura de la ambigüedad
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Sábado 20 de octubre de 2007 | La Nación Suplemento de Cultura ADN

El más exiliado de los exiliados


Uno de los mejores y más secretos volúmenes de memorias escrito en castellano, que pinta de modo heterodoxo a una mítica generación literaria, conoce su primera edición argentina. El autor de la nota, poeta cubano, explica la importancia del libro y de su autor

Por Antonio José Ponte

Quien intente leer hoy, dentro de Cuba, la literatura escrita por cubanos del exilio, tendrá que procurársela con traficantes escurridizos, pagándola a altos precios. Pues ninguna librería o biblioteca pública dispone de ella y, aunque las editoriales estatales han divulgado últimamente algún que otro libro de cubano ido (preferentemente difunto), la literatura del exilio permanece desconocida para los lectores de la Isla. Hace más de dos décadas, cuando empezaba yo a curarme de esa ignorancia, cabían dentro de la censura los nombres de José Lezama Lima y de Virgilio Piñera, sin importar que ninguno de ellos hubiese abandonado el país. En aquel panorama tampoco existían Jorge Luis Borges, Octavio Paz o Mario Vargas Llosa. Pero ningún título entre los que perseguí por las catacumbas de la ciudad se me hizo más inencontrable entonces que Los años de Orígenes , de Lorenzo García Vega (Matanzas, Cuba, 1926). Incluso viejos lectores, generosos en el préstamo de ejemplares, me disuadían de leerlo. Mejor haría en visitar otras páginas, que de aquellas escritas por García Vega se escapaban vapores mefíticos. El rencor con que habían sido perpetradas, el balance arrojado de títeres sin cabeza, desaconsejaban dedicarle tiempo. Aquel libro era obra de un desequilibrado, revancha de un escritor sin valía en quien alguna vez se encaprichara el magisterio de José Lezama Lima. Lorenzo García Vega despertaba encendidos rechazos tanto en La Habana como en Miami y en Madrid. Era el más exiliado de los exiliados. Sobre su obra pesaba, además de la censura política, la maldición de quienes alguna vez la frecuentaron. Y tantas advertencias en su contra me empujaron, claro está, a buscar lo que escribiera. Lezama Lima y el resto de los escritores reunidos en la revista literaria Orígenes (publicada en el período 1944-1956, de la que participaban, entre otros, Cintio Vitier, Eliseo Diego y Gastón Baquero) eran leídos hasta la memorización. El "origenismo" era, además de sus páginas, la leyenda de un grupo de escritores que antepuso la literatura a cualquier otro reclamo. (Cintio Vitier y Fina García Marruz no habían acuñado todavía la versión oficial, que relaciona a Orígenes con la revolución, y a Lezama Lima con Fidel Castro.) Yo conocía poemas de Lorenzo García Vega, tenía leída su primera prosa, pero no fue hasta dar con Los años de Orígenes que alcancé a hacerme una idea de su verdadera importancia. La leyenda encontraba en este libro su reverso, y aparecía en él un tono idóneo para contar la historia del país. Pues no cabe mejor modo de adentrarse en cualquier historia nacional que discutiéndole cada una de sus mitologías, restándole solemnidad, vomitando los pedazos indigestos que pedagogos y oradores intentan hacer tragar. Más allá de lo moral, a Los años de Orígenes se le han puesto reparos a causa de su extraño fluir. Apenas comenzado (aunque pareciera no comenzar nunca), el hilo de la narración se embrolla en un ensayo dedicado al poeta modernista Julián del Casal. No obstante, la excursión a un siglo anterior vale para entender ciertas permanencias, la repetición de algunos gestos tanto tiempo después. Y alcanza, en la descripción de interiores familiares, una intensidad rayana en la del Walter Benjamin que recuerda su infancia berlinesa. Décadas de historia republicana y revolucionaria son traducidas al folletín, al cine mudo, a la radionovela. La más exquisita revista literaria es vista a la luz de episodios radiales como "Los tres Villalobos" o "El derecho de nacer". La narración pena por formarse, puja. Tal como ha dicho su autor, se trata de un relato vuelto contra sí mismo. Y varias son las respuestas posibles en caso de preguntarnos qué es lo que cuenta. La historia de un grupo literario, por supuesto. La de todo un país. La de una novela: Paradiso . La relación entre un maestro y su discípulo después de la muerte del maestro. La historia de un exilio. La búsqueda, seguida en otros libros, de "la posible novela cubana". Metido en esta última búsqueda, García Vega compuso una antología de fragmentos de novelas cubanas. Pero aquellos fragmentos, pertenecientes a los más heterogéneos autores y a distintos períodos, no constituyen una suma más extraña que la que podrá hallarse en Los años de Orígenes . Y es que, a propósito de la posible novela cubana, el autor ha considerado "la malicia que tendrá que tener en su peregrina estructura". No le falta malicia a la estructura peregrina de este libro. Ubicado en las antípodas de lo resuelto, su autor podrá ser acusado de inhábil, de timón perdido. Sus alardes de perdedor a lo largo del volumen abonarían tal hipótesis ( El oficio de perder ha titulado él unas memorias publicadas hace poco), pero resulta difícil que cualquier otro escritor, por solvente que parezca, vaya a alcanzar mayor cumplimiento que el de este libro. Lorenzo García Vega consigue contar, con nerviosismo e incertidumbre, lo que no cuenta nadie. Vuelto a leer ahora en su edición argentina, Los años de Orígenes me ha permitido olvidar lo suficiente a Orígenes y a Lezama Lima como para centrarme en quien narra. Notario de Orígenes , como suele titularse él mismo, Bartebly dispuesto a hacerlo aunque no haya dado con el modo, tan fracasado como un pupilo del Instituto Benjamenta, este narrador termina convirtiéndose en una de las más apreciables cabezas de la empresa Orígenes . Hasta el punto que, obligado a elegir tan sólo un par de títulos origenistas, yo colocaría a Los años de Orígenes junto a Paradiso . (Quedan fuera poesía espléndida y ensayos excelentes. Quedan fuera los cuentos y las piezas teatrales de Virgilio Piñera. ¿Y quién me obliga a restringirme, si no un enfásis de reseñista?) En los últimos años, Lorenzo García Vega ha encontrado sitio en distintas revistas y editoriales argentinas. Una selección de su obra - No mueras sin laberinto - apareció en Bajo la Luna, y la editorial Mansalva acaba de publicar su novela Devastación en el Hotel San Luis . Entre tantas buenas noticias editoriales, celebro que Los años de Orígenes , uno de los mejores libros de memorias escritos en lengua española, cuente ahora con nueva edición.

 

Sábado 27 de octubre de 2007, El Litoral, Suplemento de Cultura

Otra gran "Mea Cuba"
Por Julio Anselmi

Cuando murió Lezama Lima (en 1976), Lorenzo García Vega estaba en Nueva York y escribía: "No creo que con este libro logre una catarsis, ni que con él llegue a una reconciliación". Lo que en verdad su libro conseguiría es asentar las rupturas, las interrupciones, el fin de una vanguardia literaria, de una poética, de una amistad, de una revolución. Y de un país, ya que García Vega escribe desde el exilio.

"Los años de Orígenes" es, como el propio autor proyecta en las primeras páginas, una "novela de los exiliados [que] debería ser como un collage. Todo se pondría, pero como sin hilo".En 1944, empieza a publicarse Orígenes, la revista literaria cubana dirigida por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo. La publicación reuniría a un grupo de talentosos escritores que tomó el nombre de la revista.¿Por qué Orígenes? Años más tarde Lezama Lima lo explicaría así en una conversación con Armando Álvarez Bravo: "Yo quería que la poesía que allí [en Orígenes] apareciera fuera una poesía de vuelta a los conjuros, a los rituales, al ceremonial viviente del hombre primitivo".Apelando a una sentencia de Borges ("El barroquismo es intelectual y Bernard Shaw ha declarado que toda labor intelectual es humorística"), García Vega anota: "Los origenistas no fueron consecuentes con este humorismo. Quisieron un sistema poético, y hasta una religión privada, con sus misterios órficos. Quisimos, con las imágenes delante de nuestras vidas, desplegar una cortina de humo. Fue el orgullo y la cobardía. Pues la aceptación de lo humorístico hubiera sido la aceptación de la realidad y la aceptación de los límites. Límites que no eran los límites de la ciudad barroca, sino la revelación de nuestra condición humana y la revelación de nuestra condición de hombres frente a una determinada circunstancia histórica".El libro de García Vega, que una editorial argentina ha tenido la elogiable idea de difundir entre nosotros, concluye con la imagen de una fiesta a la que los origenistas son invitados pero desechan la invitación: "Se fueron uno a su ciudad barroca, y otro a su ciudad barroca". Sólo los muertos asisten a la fiesta: "Sí, no hemos de olvidar los fantasmas. Lezama nunca olvidó a los fantasmas, y eso está bien. Pero él terminó viviendo sólo para los fantasmas, y eso no lo podemos aceptar".El rencor del autor de esta "Mea Cuba" con respecto a aquel Lezama patético de las últimas entrevistas, en las que habla de su destino de escritor como algo impuesto por su mamá, no ha sido exorcizado por la escritura de su libro: "No, no he podido resolver mi rencor con Lezama. Pero puedo terminar el relato de estos años de Orígenes con una comida cubana, en una noche cubana. Allí estaba Lezama, con su alegría salvaje. Eran los primeros años de Orígenes. Teníamos, entonces, la fe en nuestra marginalidad, pero quizás ya sabíamos de esta nieve frente a la cual nos íbamos a encontrar. Y fue algo ingenuo, pero fue algo último. Y sé que Lezama lo supo oír, y quisiera que Lezama lo volviera a oír. Pues fue que uno mismo, todos, alguien, le dijo a Lezama lo que ahora yo mismo, todos, alguien, puede volver a repetir: `Lezama, nosotros no lo olvidaremos nunca"'.

 

Enero-febrero de 2008, Los Inrockuptibles

Lorenzo García Vega
Encuentro con un escritor de culto

Publicado en los años setenta, Los años de Orígenes todavía perdura como el ensayo más lúcido y original (y ninguneado) sobre la historia literaria y política cubana. Marginado hasta de los márgenes, a los ochenta y cuatro años Lorenzo García Vega volvió a Buenos Aires con motivo de la reedición de su obra capital y la salida de su novela Devastación del Hotel San Luis.

Entrevista Mariano Dupont y Matías Capelli

No es casual que la reciente visita a nuestro país de Lorenzo García Vega haya pasado casi inadvertida para la mayoría de los medios culturales locales. Un hecho que no sólo habla del recorte conservador que proponen gran parte de los suplementos y revistas literarias argentinas, sino también del lugar descentrado que este poeta, novelista, y ensayista cubano viene ocupando desde la época en que, en la década del cincuenta, formó parte, junto con José Lezama Lima, entre otros, del grupo nucleado en torno a la mítica revista Orígenes. Sin embargo, como señala en esta entrevista, esa invisibilidad no fue deliberada. Sucedió a su pesar. Sus mismos textos –experimentales, lúdicos, atípicos, caprichosos, incatalogables– y una actitud iconoclasta y desmitificadora frente a todo lo anquilosado, junto con una constante desconfianza frente al oropel de los munditos literarios, lo fueron colocando a un costado de las cosas. Así, con los años, este amante del “destartalo” terminó convirtiéndose en un escritor no-escritor, en un artista manqué (dos etiquetas de las muchas con las que le gusta ironizar sobre sí mismo). Escribió mucho: más de quince libros, la mayoría de ellos desconocidos en la Argentina. La reciente reedición argentina del ensayo autobiográfico Los años de Orígenes (Bajo la luna) y la publicación de la novela Devastación del Hotel San Luis (Mansalva), que se vienen a sumar a la de No mueras sin laberinto (2005, Bajo la luna) y Cuerdas para Aleister (2005, tsé-tsé), son una muestra del humor, la gracia y la procacidad de su extraordinaria escritura mutante.
Mariano Dupont

ENTREVISTA: ¿Por qué tan secreto, Lorenzo? ¿Hubo una voluntad de “correrse”, de “borrarse” constantemente a lo largo de su vida?
Lorenzo García Vega: Nunca fue voluntario, de ninguna forma. Yo publiqué en Cuba, en Venezuela, en Miami, y ahora aquí, en la Argentina. En ningún otro lado me han publicado. La cuestión de las editoriales es difícil… Cuando era joven, era imposible, no tenía contactos para lograr que me publicaran. Durante muchos años me pagué todos mis libros. Después, cuando llegó la revolución, la universidad me publicó un libro de cuentos y una antología, la de la novela cubana. Los libros que publiqué en Miami me los pagué yo. La poesía, los cuentos, los ensayos: todos los pagué con mi dinero.

¿Y a qué atribuye que su obra no sea tan conocida como la de otros escritores cubanos?
Cuestiones del mercado, cuestiones políticas. En Cuba todo se embrolló tanto… Hace poco me ofrecieron publicar allí toda mi poesía, pero les dije que si querían publicar algo mío, que me publicaran Los años de Orígenes. Ni me contestaron… El problema es que ahora Orígenes se volvió la doctrina literaria oficial cubana. Entonces, Los años pasó a ser como un libro antimarxista. De todos modos no deja de ser curioso que un grupo literario católico, antirrevolucionario y elitista, que nunca tuvo nada que ver con el gobierno de Castro, se haya vuelto ahora la doctrina oficial…

En su posición respecto a Castro, a pesar de ser crítica, hay mucho humor…
Es que nunca me he considerado un militante anticastrista. Procuro evitar la cuestión política: no me interesa. En la vida las cosas no son “blanco o negro”. Ellos no son los “malos” y nosotros los“buenos”, ni mucho menos. No hace falta decirlo. Muchas veces el “anti” tiene razones que no son políticas. En el caso de Reinaldo Arenas, por ejemplo, no sé si su oposición a Fidel Castro se debía a que se trataba de una dictadura o a la persecución contra los homosexuales. Porque antes de que empezara esa persecución, Arenas estaba en Cuba y aceptaba todo. O como el caso de Cabrera Infante, a quien, durante el tiempo que estuvo en la dirección de Lunes de Revolución, lo llamaban “Robespierre”. Esto no le quita mérito a la obra de Cabrera, pero también hay que decir que tuvo todos los contactos imaginables gracias a la revolución. Lo mismo que Heriberto Padilla, a quien desde el primer momento ponen como encargado para negociar con las editoriales españolas la entrada de libros en Cuba. ¡Imagínense el poder que tenía! Después terminaron enfrentados con el gobierno, pero en aquel momento lograban que los publicaran en todos lados gracias a esos contactos.

¿Y Arenas?
Arenas era mucho más joven… La principal causa de su indignación, su locura contra Fidel Castro, se debe a la persecución a los homosexuales. Si Cuba hubiera sido un paraíso para los homosexuales, es muy posible que Arenas no se hubiera preocupado de ninguna otra cosa. Al menos eso es lo que yo creo. Su resentimiento no tiene nada que ver con la dictadura.

En Los años… dice algo así como que el hermetismo de Orígenes funcionaba como un modo de velar –“la selva rococó” – lo que no había que mostrar: la homosexualidad. Y también habla de que cualquier efusión afectiva era mirada con recelo…
Más que un rechazo a lo sentimental, lo importante era que el sentimiento y la pasión siempre estuvieran dentro de un marco. Tenían una solemnidad, un empaque muy flaubertiano y católico… Y eso, ya cerca de los años sesenta, con los beatniks y todo lo demás, era ridículo. Pero mientras la cosa no se saliera de ese marco, entraba todo, hasta Reinaldo Arenas, todo bendecido por el Espíritu Santo (risas).

También postula que el apego a la tradición limitó el poder vanguardista de Orígenes…
Es que ellos querían salvaguardar una tradición en un país donde no había tradición, donde no había nada. Incluso en países como España, sí había una tradición, pero en Cuba los antepasados que ellos invocaban eran inventados. En Cuba nadie combatió contra los moros, no había comendadores. La tradición cubana es un invento de Orígenes.

¿Conoció a Virgilio Piñera?
A Virgilio lo conocí muy poco porque durante los años que estuve en Orígenes él estaba casi peleado con Lezama y el resto. Eso por una parte, y además, porque estuvo también en la Argentina. Y cuando volvió a Cuba y se empezó a reconciliar con la gente de Orígenes, vino la revolución y creo haberlo visto sólo una vez más.

Piñera era bastante amigo de Lezama…
Muy amigos no creo que hayan sido nunca, porque eran demasiado distintos. Participaron juntos en muchos proyectos y sin duda tenían una relación, pero eran completamente opuestos. Lezama tenía todo el empaque solemne de la grandeza perdida y todo eso, y Virgilio sí que no. Ésa era una de las mejores cosas de Virgilio.

¿Y Severo Sarduy?
A mí Sarduy me resulta muy simpático por varias razones. Creo que Sarduy es, más que un autor barroco, esencialmente rococó. Eso fue lo bueno que hizo: jugó con todo aquello. Afrancesado hasta de nacimiento genético –ése era su mayor encanto. A través de Barthes y de la formación que logró, rompió con todas las interpretaciones oficiales de Orígenes que daba Cintio Vitier. Él jugó con todo eso… E hizo un juego muy bueno. A pesar de todo, no se le nombra tanto. A mí siempre me interesó lo que escribió, incluso el ensayo sobre Lezama me parece de los mejores que he leído sobre el tema.

Él decía que era una hoja delárbol de Lezama…
Jugó con eso y lo aprovechó. Además, no creo que se hubiera decidido nunca a combatir a Orígenes: la suya era una visión de juego para intelectuales franceses o afrancesados. Severo casi no tuvo relación con Lezama, no llegaron a conocerse mucho, y tampoco sé si se hubieran llevado bien. Con sus bromas, Severo dinamitaba las cosas. Tenía más dinamita que el barroco, además de una fascinación por la mulatez y lo híbrido, temas que en Orígenes ni se tocaban.

Además, él critica bastante la apropiación que los académicos hicieron del barroco…
El barroco es el alimento de los profesores, al que le agregan toda esa terminología enrevesada de posmodernismo, del sintagma, qué sé yo… Un lenguaje que ya era difícil anteriormente, pero que se podía entender, ahora es imposible. Los profesores le han quitado toda la poesía al barroco. Los profesores son las personas más pesadas del mundo. Toda esa seriedad… Al hacerles un chiste hay que aclarárselos entre paréntesis.

¿Cómo escribe en general?
Me dejo llevar bastante. Tener planes no es lo mío… Intervienen muchos factores en cualquier cosa quehaga. No me pongo a escribir como un profesional; levantarme a la mañana y ponerme a escribir: eso nunca lo he hecho. Es que no tenía sentido: nunca tuve editores, nunca nadie estuvo esperando una novela mía para publicarla. Por eso nunca me lo tomé tan en serio. Nadie solicitaba mi libro, así que escribir sistemáticamente me parecía un poco absurdo. He escrito de manera fragmentaria, como fueron surgiendo las cosas. El diario sí me interesa mucho. Ahora estoy escribiendo mis diarios póstumos, que empecé cuando cumplí los ochenta años. Es lo que escribo con más regularidad.

¿Y por qué ese interés por el diario?
Lo siento como la expresión mía. Además, se debe a una incapacidad mía para hacer ciertas cosas; es como convertir la derrota en un triunfo. Yo no sirvo para hacer novelas, entonces hago una “no-novela”. Es un recurso que encontré para salirme con la mía. Escribo desde mis limitaciones, volviéndome consciente de ellas y tratando de insertarlas en mis libros, de convertirlas en una justificación. No lo digo por coquetería, porque en realidad no tengo público para coquetear, pero, bueno, sí: me siento con muchas deficiencias.

¿Viendo su obra en perspectiva, puede apreciar algún cambio de rumbo, algún quiebre?
Yo siempre ando dando vueltas. Es algo de lo que hablo en No mueras sin laberinto. Mi obsesión ha sido siempre ésa: dar vueltas, vueltas y vueltas alrededor de lo mismo, siempre en círculos. Sin darme cuenta del todo de lo que estaba diciendo en ese momento, en el primer libro mío de poemas que publiqué a los diecinueve años, el primer poema termina con un verso que dice: “Yo quiero seguir, en círculos, creciendo”. Y ahora me doy cuenta de que eso es lo que quería hacer: ir creciendo en círculos, y así pasar a otra instancia del laberinto. En el fondo no he hecho otra cosa que buscarme a mí mismo.

¿Y sirve la literatura para buscarse a uno mismo?
Tengo mucha desconfianza hacia la literatura… Ha de ser que me gusta, para pasarme la vida en esto, pero bueno, ya es tarde para hacer otra cosa (risas).

En la carta que le escribió Héctor Libertella, y que usted cita en el prólogo a Devastación del Hotel San Luis, él dice: “no somos locos, somos la aristocracia de la literatura, y que los demás se queden mirándonos con su cara boba y perpleja”. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?
Sí, sí… A mi edad creo que ya puedo decir ciertas cosas (risas)…

 

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© bajo la luna, 2008