Sábado 16 de junio de 2007, Revista Ñ, Diario Clarín, Buenos Aires

Lo que no se dice

Los poemas de Paula Jiménez en “La mala vida” retratan sin mordaza a seres marginales.

Por Leonor Silvestri

El nuevo libro de Paula Jiménez se llama “La mala vida” y ese nombre, junto a la potente cita del poeta maldito francés Antonin Artaud (“Soy el único juez de lo que está en mí”), pone al lector sobre aviso acerca de lo que aquí se encontrará. No es éste el típico libro que el mandato dicta que una mujer debe escribir: ni las señoritas del amor, ni las intelectuales posmodernas. Paula Jiménez escribe como mujer, acerca del lugar de la mujer y sus interlocutores, en la larga cadena de participantes en la adicción a drogas, pero sin sesgo de moralina, compasión o descanso.
El proyecto tácito de La mala vida parece ser hacer poesía y hablar poesía con lo que no se dice y no se habla, a través de poemas que dejan sin aire (“no va a ser mío si te pasa algo, el forro está entero… No digo palabra. Desde acá/ te veo ir hasta el baño, arrojar los residuos/ en el tacho y abrir una canilla/ oxidada. Escucho caer el agua todavía/ que hace diez años te lavó las manos”). El lector desciende a un submundo con sus historias más truculentas y fascinantes de dealers mujeres bolivianas, bebés disecados rellenos de droga, policía mafiosa, aguantaderos, y todo sus sutil trasfondo político y social de abandono y desesperación de aquellos, incluso, que parte de la sociedad tilda, aun hoy, como “criminales”, y divide las aguas entre unos y otros: “Algunos se van de vacaciones y se traen/ tardecitas en la playa de recuerdo…/ Yo quería/ comprar porrito en la frontera y vino un tipo/ con un pibe a upa./ Me lo ofreció también/ por unos mangos…” El texto poético es narrativo y minimalista, sin metáforas, despojado de toda torpe adjetivación que oculte o modalice. Los 18 poemas de este breve libro dejan actuar sus historias a través de los cortes de verso que hieren como navajas con su realidad.
La mala vida ni condena ni contiene, ni reprime ni explicita de más (“casi llegamos a tener lo que queríamos, una vida al revés/ de los demás, pero era igual”), y allí radica una de las mayores originalidades de este contundente texto que, con la fuerza de sus palabras, se hará seguramente un lugar entre los libros de culto en la Argentina.

 

La Nación / suplemento adn, 6 de octubre de 2007

La mala vida, Paula Jiménez

Por Carlos Battilana

Autor
Nacida en Buenos Aires en 1969, es psicóloga y escritora. Publicó los siguientes libros de poemas: Ser feliz en Baltimore (2001), Formas (2002) y la casa en la avenida (2004). También escribe narrativa, género en el que espera publicar Pollera pantalón. Ejerce la crítica literaria en la revista Hablar de poesía. Ha sido incluida en antologías de poesía argentinas e hispanoamericanas.

Tema
Los poemas de La mala vida refieren la experiencia de la droga como forma de mercancía y de los avatares de un sujeto por obtenerla. Distantes de una eventual condena o de una reivindicación de carácter general y prescriptiva, estos textos exploran una perspectiva individual que declara que "la mala vida" consiste en olvidar, sobre todo, la felicidad que otorga la experiencia del sosiego.

Opinión
Un discurso narrativo, la inclusión de enunciados orales y el eco de múltiples discursos sociales son los rasgos dominantes de estos textos. La precisión de la prosodia y un tono sin estridencias subyace como música de fondo. De modo paradójico, estos rasgos alejan y, al mismo tiempo, entablan un delgado vínculo con la producción anterior de Jiménez, de un tenue y depurado lirismo.

 

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