Sábado 16 de febrero de 2008, Revista  Ñ

Ecos clásicos, voz contemporánea
En los poemas de La hybris, de Alicia Genovese, resuena el pathos de la tragedia.

Por Juan Fernando García

En la tragedia griega la “hybris”  o desmesura, es un rasgo del héroe clásico que precipita el desenlace. Para un lector/ espectador no especializado en el drama antiguo, ese será un momento de Pasión desenfrenada. Para ingresar al poemario de Alicia Genovese (Lomas de Zamora, 1953), es necesario conocer la aproximada definición del término que da el Diccionario de Mitología de Grimal: “Hibris es una abstracción, la personificación del Exceso y la Insolencia”. Puras figuras de la ficción.
Los poemas que componen La hybris establecen un juego de roles, y en la recurrencia a la imagen clásica, cultural, la poeta arriesga una vena lírica, de una contemporaneidad que merece atención. De especial belleza, de desgarrada sabiduría, reverberan infinidad de medidos versos (el ritmo, ajustado a una poética en estas piezas): “La luz del otro/ mezclada en vos/ como una moneda/ milagrosa del mundo.”
En la tragedia, los actores llevan máscaras, son la voz, lo que dicen; así, estos poemas resultan de una interrogación contemporánea sobre ese exceso, sobre esa insolencia, en la voz de una mujer enmascarada en “La resentida”, “La golpeada”, “La desgarrada”, “La que sobrevive en tiempos modernos”, “La sentimental”, “La sedienta”, entre otras.
Dividido en tres partes –El mundo inferior, La discordia, La tierra del desorden--, La hybris cierra el ciclo con un extenso poema que vuelve la mirada histórica sobre otra forma de la desmesura que son los crímenes del Estado. En “Las Erinias”, las protagonistas son las Madres de Plaza de Mayo y una tensión de orden teórico establece las coordenadas para abordar tan cercano y sensible tema: “se feminiza el cuerpo en el dolor/ se desfamiliariza en la violencia.”
De variada estirpe, algunos de estos poemas recuerdan a las “Locas mujeres” de Gabriela Mistral. La personal voz de Alicia Genovese y más de una veintena de espléndidos poemas, hacen de La hybris uno de los libros más sólidos de la poesía argentina actual.

 

Sábado 22 de marzo, ADN Cultura, La Nación

Entre la máscara y la ira

Por Jorge Monteleone

La hybris es una desmesura, el olvido insolente de la dimensión humana, el orgulloso desafío que lleva al error y la destrucción. Las Erinias -o Euménides o Furias- eran divinidades primitivas que castigaban los delitos de los que, presa de la hybris , cometían faltas contra la familia o contra la estabilidad del orden social. Antígona, enfurecida como una Erinia, desafió a Creonte, el déspota que en su hybris olvidaba sus obligaciones con los dioses, con el bien de la comunidad toda, y se negaba a dar sepultura a uno de sus sobrinos, con el pretexto de que había sido su enemigo político. "Deja que yo y este mi desatino corramos este riesgo" dice la Antígona de Sófocles en el primer epígrafe de este nuevo libro de Alicia Genovese (Buenos Aires, 1953). Aquella Antígona prefería ser tomada por loca, prefería el escarnio, la tortura y la muerte a manos del tirano, antes que dejar insepulto a un ser querido y levantar su dignidad y su memoria contra un Estado opresivo. En el último poema del volumen, "Las erinias", se evoca a esas furiosas, memoriosas Antígonas de hoy, también llamadas locas en su hora, las madres de los desaparecidos: "Madres/ emplazados pañuelos/ para los hijos ausentes./ ( ) Percusión, eco / de una Erinia entregada/ a su insomnio, a su fracaso/ a la indomable razón/ del sufrimiento". Desde ese modelo, que en las figuras femeninas percibe la articulación de un "no", un furor en la palabra que llama, apela, denuncia en su rabia justa, Genovese concibe el poema como el enunciado de una voz femenina proyectada en presencia, singularidad personal, identidad. Pero ese sujeto de mujer no es trascendente, ni esencial. Obra al modo de una máscara: "Una máscara/ para entrar y salir/ de mí,/ sorber/ desilusión y furia// máscara,/ ese otro mío". Las tres secciones de este libro -"El mundo inferior", "La discordia" y "La tierra del desorden"- ordenan una especie de ascesis, de conocimiento en el agudo dolor de la ira por todo aquello que un cuerpo femenino puede tolerar. Un cuerpo cercado por el error, la pasión amorosa, la necesidad, el goce, la violencia, la herida, la enojosa falta, tanto en la intimidad como en la escena pública, en el cruce de hogar e historia. Y para representarlo, Genovese apela a más de veinte figuras de mujer que pueden encarnar un arte de la discordia, por colérico y por discordante. Así se suceden, entre otras, "La resentida", "La excluida", "La impersonal", "La golpeada", "La hostilizada", "La que se va", "La traicionada", "La deseosa", "La atrapada", "La sentimental", "La sedienta", "La sacerdotisa". Ese cuerpo de mujer es una metáfora en el poema: una representación, hasta una impostación que encarna cierta voz femenina, enmascarada en un yo o en un tú. Pero su declarado carácter ficcional es lo que le da una paradójica vitalidad, al modo de un personaje de teatro. Entre la máscara y la ira, Genovese construye una subjetividad creíble, situada en la pasión como "último claroscuro" -contra la hybris que condena, pero también con la hybris que la asalta- y justifica la palabra como negación, réplica, ruptura, lucha. Lo hace con poemas contundentes, un ritmo de versos breves, tajantes, con un vago efecto sentencioso, una vaga ironía despechada. La poesía como una retórica y una moral del encono silencioso, que va de las Erinias a las Madres. Nada complaciente, nada aquiescente, ni compasiva ni servicial: una palabra poética que "limpia el miedo".

 

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