Adn-cultura, diario La Nación, 8 de septiembre de 2007

Por Leopoldo Brizuela

Fernando Callero (Santa Fe, 1971), es licenciado en Letras y autor de dos libros de poemas. Esta primera novela lo revela como un muy original sucesor de la legión de escritores del mar, tan prestigiosa en el mundo como exigua en Argentina. Su pintura fraterna y delicada de la marinería acaso sea herencia de González Tuñón; su fe en la aventura, de Belgrano Rawson. Pero su alegría es solo suya.

Marco, expatriado de la Argentina de la crisis, consigue conchabarse como grumete en el yate de un matrimonio que navega sin propósito aparente en torno a la isla de Ibiza. El aprendizaje del oficio es excusa para hilvanar retratos de notable vividez –Gianni el marinero bonito, una multitud de buscavidas argentinos y, por fin, el joven Borja”, en torno de quien se aprieta diestramente el suspenso.

Una convicción y una agilidad narrativa propia del siglo XIX, se combinan con una frescura que sólo puede ser actual: como si en verdad la literatura argentina hubiera vuelto a nacer después de la crisis, y la voz de Callero narrara por primera vez. Por supuesto, esta voz “adánica” sólo disimula un conocimiento profundo del género, al que renueva sobre todo en la visión de la masculinidad.


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Suplemento de Cultura, El Litoral, Sábado 15 de septiembre de 2007

Un fantasma recorre Ibiza

Por Francisco Bitar



Hay una serie de herramientas bajo el sol de cubierta encontradas en los cofres de popa; "quiero apropiarme de este barco a fuerza de maña", dice para sí Marco, el personaje central de "El espíritu del joven Borja", e improvisa la carpintería que le permitirá hacer del Alba -el barco a bordo del cual el muchacho argentino ha encontrado trabajo en Ibiza- su casa tambaleante y silenciosa.

Lo primero que encuentra el lector al abrir el libro de Fernando Callero es un mapa que exhibe el estrecho paso náutico entre Ibiza y Formentera: habrá viaje. El recorrido es la apropiación de un lenguaje inexplorado con el que la nueva casa cobrará sentido: calina es el polvillo o vapor que borronea las montañas del oeste por la tarde, Dalt Vila la fortaleza levantada en torno al casco antiguo de la ciudad, el ocho y el ballestrinque nudos esenciales para todo marinero. Si a esto le sumamos la obediencia a la regla por la cual un narrador escribirá sólo acerca de aquello que conoce -regla que por lo general se aplica a los oficios: "desmontó la escalera que bajaba hasta su camarote para ingresar a la sala de máquinas, donde completó con agua destilada el nivel de las baterías"- nos encontramos con que el mapa no sólo delimitará el paso de un recorrido sino que además señalará la escala de un mundo.

Una vez que reconoce el Alba como su casa y sólo queda atender a los detalles, Marco encuentra una foto de la familia que lo emplea: don Rodrigo Diez y doña Carmen y por debajo su hija Mónica de niña más un chico de rizos rubios. El chico rubio es un enigma y por lo que le dicen a Marco los del amarre, era el hijo de los Diez desaparecido en el mar años atrás. De aquí en más el alma en pena del joven Borja dará señales empujando a Marco y a su nuevo amante, el corso Gianni, al lugar adonde sus huesos han encallado.

Hasta develar el enigma de Borja, enigma que se anuncia desde el título, la novela se desarrolla como las averiguaciones de un policial. Desde que se conoce a Borja y desde el momento en que su fantasma arrastra a Marco y a Gianni hasta el paradero de sus huesos, hay una historia de aventuras ("uno de esos resentidos fantasmas shakespereanos que reclaman justicia para poder descansar"). Entre una y otra y en el corazón de la novela hay, entre Marco y Gianni, una magnífica historia de amor y como en cada historia de amor hay un fantasma.

De lengua centelleante y final alocado, "El espíritu del joven Borja" nos permite abandonarnos sin reparos: los personajes no tienen pasado, la narración es un "desde aquí en adelante" que nos pone a salvo de cualquier truco o truculencia de lenguaje. Palabra, nada hará que naufraguemos.

(Nota: Esta reseña comienza con la escenificación de un pasaje de "El espíritu del joven Borja" con la esperanza de arañar la superficie del original. Toda reseña está, de antemano, condenada al fracaso: la lectura es intransferible y es más que ostensible en casos como el de esta novela. Más fieles pueden resultar quizá las breves anotaciones en lápiz que bordean el texto:

"Ropa tendida. Una tonada de vals ejecutada en un piano. Lagartijas que se materializaban de pronto como señales eléctricas, y se escurrían entre anisetas hiriendo los tallos que pronto esparcían su bálsamo dulce en el aire caliente". Estar ahí.

"Dijo la niña:

"-Debes cepillarte los dientes a diario, si no se te caerán pronto. ¿Cómo te llamas?

"-Marco. ¿Y tú?

"-Lo siento, pero no puedo dar mi nombre a extraños. Quizá la próxima.

"(...) Desde cubierta alcanzó a hacerle un guiñe a la niña que se alejaba por el muelle de la mano de su padre. Dos o tres veces la vio torcer el cuello para mirarlo y sonreír. Fue su primer ligue del verano". Salinger, también una de mis tradiciones.

"Marco sentía que la temperatura de su cuerpo iba subiendo en escala de diez grados o más por minuto a medida que el baile le transmitía la energía de los otros. Los aviones pasaban a pocos metros de altura y la gente enloquecida como criaturas saludaba". Mi tiempo.).

 


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La Capital, Suplemento de Cultura, 16 de diciembre de 2007

Una singular novela de Fernando Callero: aventura marina y fantástica

Por Osvaldo Aguirre

En el año 2000 Fernando Callero ganó el Premio Provincial de Poesía con un libro de título extraño: Ramufo di Bihorp. El premio tuvo algo de castigo, ya que la edición no se mostró para nada a la altura de la calidad de la obra y, como suele ocurrir con las publicaciones de la provincia, casi no se distribuyó. La aparición de El espíritu del joven Borja supone importantes diferencias en ese sentido: se trata de un libro de formato y diseño atractivos, que está donde debe estar, es decir, en las librerías. Y esta oportunidad, la de encontrarse con uno de los escritores más interesantes de las nuevas promociones, no debería ser ahora desperdiciada.
El protagonista de la novela, Marco, es un argentino que ha ido rodando con mala suerte por distintas ciudades de España, hasta que llega a Ibiza. Un compatriota le ha conseguido trabajo como marinero en un pequeño barco, cuyo nombre, Alba, contrasta con su estado ruinoso y con el cretinismo de su propietario, un madrileño jubilado que acostumbra explotar a inmigrantes sin documentos.
Marco no tiene la menor experiencia en el asunto, pero asume el trabajo a conciencia. "Quiero apropiarme de ese barco a fuerza de maña", dice. El mal humor de su patrón, su mezquindad y maltrato, no impiden que ese sueño se cumpla. En principio de noche, cuando se queda solo y se tiende en la cubierta, o hace aquello que de día le está prohibido. Entonces "descubrió que muy pocos paraban, como él, en sus barcos durante la noche". Se siente superior por eso, "aunque también un poco solo, y se consoló pensando que ya tendría tiempo para hacerse amigos".
La observación parece inocente, pero apunta a un núcleo de la historia. En Ibiza, Marco encuentra "un refugio para la expansión de su soledad". Esa misma desconexión es una forma de protegerse de las agresiones: "no se sentía ligado a nada ni a nadie y, precisamente por esto, difícilmente algo podía afectarlo".
Es la soledad lo que hace a Marco consciente del valor de los otros, de la importancia que tiene un simple saludo. Esa situación comienza a cambiar cuando conoce a Gianni, un joven corso que se convierte en su pareja. Y sobre todo cuando descubre un aspecto oculto en su patrón, un drama que le devuelve su rostro humano: su hijo, Borja, desapareció un día en que salió a pasear en una moto acuática y desde entonces su paradero es un misterio.
Marco parece dirigirse a ese enigma como si lo condujera una fuerza desconocida. Las pequeñas cosas del barco donde lee la historia familiar de sus dueños abren ante su mirada una atmósfera extraña en la que pronto comienza a abrirse paso lo fantástico: los llamados del joven desaparecido, espíritu errante en busca de ayuda.
"Si decidía darse por aludido (...) tendría que hacerse cargo de un diálogo para el que no se sentía preparado", dice el narrador, haciendo eco a su personaje. Pero aún contra su voluntad, Marco es llevado bajo el mar, para componer una historia que reclama su final.
  Los trabajos de Marco, su aparente fragilidad, la relación con Gianni, dan un singular encanto a El espíritu del joven Borja. Los hechos y los personajes se imponen de tal manera que cuando ocurre lo insólito, cuando el texto pide esa "suspensión de la incredulidad", que según Coleridge exige la experiencia poética, el lector no puede sino concederla. Y vale la pena, porque a cambio Fernando Callero guarda su mejor carta para el desenlace, un suceso a la vez mínimo y cargado de sugerente intensidad.

 

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© bajo la luna, 2008