Suplemento Artes y Letras, MIAMI HERALD, Sep. 14, 2003

El carrito de Eneas
por Lorenzo García Vega

Nunca me pude imaginar que un escritor pudiera tener el privilegio de tener, para él solo, una espelunca donde pudiera meterse. Así que, hace muchos años, cuando el poeta Octavio Armand me hizo saber que el también poeta cubano Regino Boti había tenido, en Guantánamo, una casa nada más que para leer (una casa biblioteca, distinta de aquélla en que vivía), me sentí como alucinado. ¡Una espelunca-casa-biblioteca! ¿Cómo podía ser eso? Me aluciné, repito, cuando supe que Boti había tenido semejante paraíso, y jamás he dejado de pensar en eso. Pero pasó el tiempo y, cuando llegué a la Argentina, supe que Boti no era el único que había contado con una espelunca-lectorera, sino que, también, en una zona comercial de Buenos Aires, alguien tenía (y esto lo precisó en una entrevista que Osvaldo Aguirre le hizo) para ocuparlo todos los viernes, desde las ocho y media de la mañana, hasta por la noche, ``un bolichito con unos diccionarios, una cama, un escritorio y una computadora vieja''.
Un bolichito, entonces, en una zona comercial de Buenos Aires. Un bolichito para escribir (y para escribir bajo una advertencia --``Odio, sí, las comas mal puestas''-- que, nada más que por su concisión, no sólo nos encanta, sino que, por su misma sencillez, nos trae unos airecitos donde pueden soplar los fantasmas de Raymond Roussel, o de Edward Lear); o un lugar donde nos dice, el que en ella se esconde, que puede llegar a tener conciencia de ese cascar de las nueces que escuchó Kafka; o, en fin, una espelunca como de buen argentino: plagio, de aquéllas donde los maestros del clasicismo europeo hicieron su guarida, y que ahora le sirve, para sus viernes, al poeta Daniel Samoilovich.
Samoilovich, pues, es quien, a veces, con una buenísima economía de medios --una economía que, en ocasiones, bien pudiera asemejarse a un piñazo ectoplasmático-- hace cosas como ''meter a un Timoteo en unas ensoñaciones simples'', y esto con ''margaritas dobles, terceros en discordia, la quinta pata del gato'', y hasta con ''los hoteles, de cuarta''. ¡Se quiere cosa más linda! Así como, también, nuestro poeta argentino sabe desplegarnos su Arte Poética. Un Arte donde hasta Plinio se mete en el asunto. Un Arte Poética diríamos, para hacer el cuento corto, donde se cree ver un toro, y puede ser que la cosa resulte ser un turbante. O un Arte donde se intenta la búsqueda de la condición del artista con estas palabras: ``Recuerdo haber leído que hay un punto/ en que la hipérbole abandona/ la casa paterna y se lanza/ a su propia aventura: así llegamos/ a lo imposible de pensar,/ que es de todos modos/ otra figura de la lengua''.
Samoilovich, en fin, nació en el Buenos Aires de 1949. Dirige, desde 1986, el Diario de Poesía, considerado el mejor periódico, o revista literaria de América Latina. ¡Un periódico de poesía que, increíblemente, llega hasta los estanquillos de Buenos Aires! Y ha publicado, entre otros títulos de poesía: Agosto (Pequeña Venecia, Caracas, 1995) y Superficies iluminadas (Hiperión, Madrid, 1997).
También Samoilovich es traductor de latín e inglés: ha traducido, del inglés, Poemas de Katherine Mansfield (1996) y el Enrique IV, de Shakespeare, ambos en conjunto con Mirta Rosemberg; así como, del latín, ha traducido XX Odas del Libro de Horacio, en colaboración con Antonio Tarsi (Editorial Hiperión); y no sólo eso, sino que también ha traducido a Eugenio Montale, W.H. Auden, Marianne Moore, John Asbery, y Raymond Carver.
Pero he aquí que, frente a lo tremendo, frente al caos que actualmente afecta a la Argentina, Samoilovich, al volver a su espelunca en un barrio comercial, se ha encontrado con cosas muy, pero muy serias, y ha sabido verlas. Se ha encontrado con lo que, nunca, los aburridos, empacados profesores (historiadores, sociólogos, y antropólogos) de posmodernismo, con sus estadísticas, y sus sesudos análisis ilegibles, saben mirar bien: una crisis. Y es que, paradójicamente, los sesudos profesores siempre resultan demasiado ''serios'' para ver lo serio que tienen frente a los ojos, por lo que sólo los que no son serios, o los que siempre saben jugar, o los que son poetas, llegan a ser los que pueden comprender lo muy serio. ¡Extraña paradoja que aquí, con Samoilovich, vuelve a ejemplificarse! Veremos cómo: ``El estudio donde voy a escribir todos los viernes (dijo Samoilovich en la ya citada entrevista con Juan Aguirre) queda por Uruguay y Sarmiento, una zona de muchos comercios.
``Ahí y en Once fue donde empezó primero en Buenos Aires el fenómeno de los cartoneros durante el gobierno de De la Rúa. Y los diarios, que son tan afectos a buscar tendencias y fenómenos, tardaron mucho en pescarlo. Yo salía a la calle y encontraba bolsas y bolsas negras y tipos cuidándolas y esperando a que llegara el camión, entre montañas de basura. Al principio lo tomaba en tanto fenómeno casi onírico. Aparte del contenido simbólico de decenas de personas --ahora son miles-- viviendo de lo que las otras tiran: como una metrópolis de Fritz Lang, una ciudad subterránea que de pronto asoma a la superficie de otra. Y quería hacer algo. Lo que primero se me ocurrió fue la estructura del escudo de Eneas, algo entre cuadritos de historietas y pantallitas donde se proyecta una película''.
¡Qué bien! Frente al caos que se le venía encima, lo propio que le se ocurrió al poeta, a Samoilovich, fue estructurar un escudo y, con ello, se deslizó hacia éste, El carrito de Eneas, que aquí reseñamos
¿Qué sucede? ¿Qué argumento nos cuenta Samoilovich con este ''carrito de Eneas''? Pues bien, es el cataclismo argentino, con el presidente De la Rúa contemplando a Buenos Aires desde su helicóptero. Es la manera en que este viaje presidencial del helicóptero se puede volver en la Troya de Agamenón y de Héctor, y es la manera en que la invasión de los cartoneros con sus bolsas plásticas, se empieza a relatar a través de una alucinante reminiscencia de una estatua romana: Marforio, así como de lo que supo Vulcano grabar para Eneas.
Todo al revés. La gente por las calles. De la Rúa por el aire. La economía convertida en hojalata, Y, en medio de todo esto, el poeta, Samoilovich, salido de su espelunca, mirando cosas increíbles como ésta: ``Aquel otro/ que ahí ves con un carrito de supermercado/ rajando con su espada unas bolsas verdes, ése/ es Hernán Cortés, Marqués del Valle de México''.
¡Hernán Cortés, como un bag boy de supermercado, conduciendo un carrito! Todo al revés, y con el poeta señalando posibilidades que meten miedo, pues hay ''exitosos pequeños industriales, con hijos dentistas,/ ¡y aquí los tienes ahora, buscando dentaduras/ postizas entre medio la basura''; o hay como, para hacerlo todo más visible, lo que ''como si estuviéramos dentro de un tiburón enfermo de hepatitis'', donde, como nos dice, Hugo Caligari, en la contraportada de este texto: ''Entre los restos se pasean héroes y paladines de ayer, convertidos ahora por la fuerza de las circunstancias en sobrevivientes profesionales''. Buen asunto, pues, Y todo esto, para mayor delicia, enredado con el recuerdo de la parlante estatua de Marforio, que una vez un Papa encarceló en el Palazzo Nuovo di Campidoglio.

www.miami.com/mld/elnuevo/entertainment/visual_arts/6739447.htm

 

 

 

Suplemento Cultura LA NACION | 05.10.2003


Cartoneros de la cultura

por Jorge Monteleone

La poesía argentina reciente comenzó a referir la escena sociopolítica de los últimos años, desde las miserias y claudicaciones del menemismo hasta la gran crisis de diciembre de 2001 y sus consecuencias. Esa escena, que al entrar en la literatura también se historiza, generó a menudo en la poesía un efecto de relato sobre acontecimientos, personajes públicos o humores sociales reconocibles por el lector. Ello puede verse en muchos poemas de los poetas jóvenes que se iniciaron en los años noventa o en poemas de libros como Lo dado , de Fogwill, Aquel corazón descamisado , de Luis Tedesco, o Mate cocido , de Diana Bellessi. La ironía y la corrosión de la sátira a menudo ofrecieron un tono adecuado para eludir el sentimentalismo y la compasión condescendiente cuando se habla del panorama oscuro de la exclusión y la pobreza. Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), poeta que también tradujo a Horacio, halla en la literatura latina el atajo satírico en su último libro, El carrito de Eneas , donde la voz del poeta señala a su interlocutor mudo, Marforio, las ruinas de una equívoca Troya. De inmediato, el lector reconocerá en ella su propia ciudad, en donde las calles son recorridas por cientos de cartoneros: "Mira bien, Marforio, allí lo tienes,/ Aquiles exhausto, mas vigilante (...)./ Mira, mira bien en la niebla/ se distinguen los rostros de los héroes:/ Agamenón, con una bolsa negra/ erizada de vidrios, Héctor/ con sus envases de plástico aplastados, Casandra,/ que fue princesa entre los teucros, ahora/ especialista en todo género de latas". La mención de Marforio, un dios fluvial, no es azarosa: en los pedestales de sus estatuas los romanos fijaban, en los siglos XVII y XVIII, epigramas y sátiras de carácter político. Y aquel sabor urbano de la antigua sátira horaciana, que describía su mundo social con insidia, reaparece con deliberación en el tono de Samoilovich.
El libro está dividido en diez secciones estructuradas, en su mayor parte, de acuerdo con el tópico grecolatino que describe las figuras grabadas en el escudo del héroe, tal como Hesíodo describió el de Hércules y Homero el de Aquiles. El "escudo" forjado por Vulcano es aquí el carrito del cartonero Eneas. El recurso había sido usado por Leopoldo Marechal al describir el quimono chino de Samuel Tesler en Adán Buenosayres . La nota humorística, que consiste en describir personajes comunes con parámetros de la alta cultura, sin duda recuerda a Marechal. Pero en éste, la filiación con la epopeya clásica y el humorismo responden a una comicidad que busca, del modo menos solemne, una trascendencia arquetípica. En Samoilovich el gesto es otro: personajes de las "naciones cartoneras" se invisten con las categorías heroicas y las pulverizan en el ridículo. La mitologización no los vuelve ejemplares, sino que les quita patetismo mediante el sarcasmo y así los desnaturaliza para las buenas conciencias.
La descripción de lo que está grabado en el carrito de Eneas articula espacios sociales y materias desechadas: en el barral derecho la escena de la plaza Constitución; en el izquierdo, el de la estación Retiro; en la base, la plaza Miserere. Cada travesaño da ocasión para referirse a las tres materias básicas de la recoleccción: vidrio, lata y papel, llamado "el príncipe de los desechos hogareños". El papel es la materia primordial que recorre el libro, como objeto del reciclado, soporte de los signos que nacen y mueren en los desechos y retornan de otro modo, tal como el propio libro en el cual se lee ese poema. Los versos, en ese mundo donde "el futuro es lo que más rápido envejece /dejando una plétora de residuos excelentes", sólo pueden reciclar la cultura letrada, degradarla en la irrisión y acumularla para un nuevo destino, un nuevo sentido. Pero, a la vez, Samoilovich halla un modo posible de referir en el poema un escenario social acuciante. En su misma eficacia está su riesgo: la inmediatez de la referencia lo restringe en su alcance y el gag literario a veces debe todo su caudal al efecto de la risa, no siempre segura. En su realización se halla su moral estética: que la literatura signifique de otro modo, nada complaciente, lo que vemos todos los días como si fuese algo ya naturalizado y no un escándalo, una deuda, una derrota.


http://www.lanacion.com.ar/suples/cultura/0341/sdq_532782.asp

 

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