Sábado 9 de febrero, ADN Cultura, La Nación

Por Sandro Barrella


Nacida en Resistencia, Chaco, en 1972, Claudia Masin vive en Buenos Aires desde 1990. Su libro La vista obtuvo en España el Premio Casa de América de Poesía Americana 2002. Algunos de los poemas de Abrigo fueron publicados en El secreto (2007), una antología personal que recorre diez años de escritura, con textos hasta entonces inéditos y otros de sus libros anteriores. Es psicoanalista y coordina talleres de escritura.

Los breves poemas de esta colección están escritos al abrigo de un nombre: el de la escritora Katherine Mansfield. Sus diarios y cartas son el cobijo -acaso el único- para el yo que dice estos textos, en los que la enfermedad, o mejor, la metáfora de la enfermedad, no sustituye la inminencia de la ruina corporal, de la muerte, pero expone otro dolor, igual de verdadero, que está más allá del orden físico.

Como los films frecuentados en La vista, la invocación a una forma previa como origen de la escritura es, apenas, el pretexto para ahondar en la raíz de la voz propia. En esa búsqueda Masin inscribe su lírica, donde la infancia, el amor o la soledad son figuras, no solo retóricas, de un mundo escindido: "Quisiera/ pronunciar la palabra que me haga real,/ pero el lenguaje es vasto, y no acierto".

 

Domingo 10 de febrero, Diario Uno, Mendoza

La poesía no tiene utilidad

Claudia Masin, la enorme poeta autora de la vista, acaba de editar su nuevo poemario: Abrigo. De él y de su relación con su inspiradora, Katherine Mansfield, habla en este reportaje.

Por Fernando Toledo

“T odo deber ser dicho con cierto sentido misterioso”, reza la primera frase del epígrafe que Claudia Masin (1972, Resistencia, Chaco) eligió para su nuevo libro de poemas, Abrigo. El nombre de esta escritora no debería pasar desapercibido para los lectores atentos de poesía, dado que se trata de la mejor poeta argentina surgida en los últimos años.

Masin ganó en 2002 la II edición del Premio Casa de América de Poesía Americana y sacudió a aquellos que no habían alcanzado a estremecerse con los versos de sus dos libros anteriores (Bizarría y Geología). Es que la vista, el volumen premiado, era esa clase de libros ante los cuales resulta imposible la indiferencia: 21 textos inspirados en películas también inolvidables (de Muerte en Venecia a La ciénaga, pasando por Cría cuervos o Criaturas celestiales) desde los cuales hablaban dos voces poderosas: las del personaje elegido y la de la autora.

Abrigo es, por tanto, el esperado libro siguiente de Claudia Masin, si se descuenta la antología El secreto que apareció a principios de 2007. ¿Cómo esquivar entonces la necesidad de escuchar a su autora? ¿Cómo, cuando en un puñado de poemas breves como puñaladas, invoca la presencia en sombras de Katherine Mansfield, cuyos diarios y cartas lo han inspirado? De ningún modo: así como con la vista no puede pasarse de largo, es imposible evitar dialogar con Claudia Masin ahora que se acaba de leer su nuevo libro, y aun cuando la escritora responda del otro lado del teléfono rodeada por pintores que no son ni Paul Klee ni Pablo Picasso, sino los que alisan las paredes de su casa.

–En Abrigo aparecen la brevedad, la soledad, el desamparo y... Katherine Mansfield. ¿Cuál es la “historia de escritura” de este libro?
–Surgió a partir de lectura de Mansfield, una escritora a quien yo amo y que venía leyendo desde hace mucho. Cuando me llegó un ejemplar de sus diarios, me conmovió muchísimo ese “mundo”, tan solitario pero a la vez conectado con los otros y de enorme empatía, en el que destila su gran capacidad de comprensión. Lo que sucedió es que empezó a darse una “conversación” con ella. Así que los poemas terminaron siendo como diálogos con alguien ausente.

–¿Y en qué se parece la Mansfield de Abrigo a la autora de Abrigo?
–Tanto en Abrigo como en Geología está presente una segunda persona que se habla a sí misma, algo que sucede también en la vista. Creo que es muy misterioso lo que pasa en la poesía con el yo y las transmutaciones que va sufriendo. En realidad hay un yo ficcional en todos los poemas que sin embargo está enlazado a mi yo, pero no desde lo anecdótico, sino en un nivel más profundo, estructural. Lo que hay mío tiene que ver con esa conexión con el universo de Mansfield y sus grandes temas: la soledad, el desamor, la infancia. Su intención de recrear la tierra natal. Eso me tocó porque está presente en mi poesía. Mansfield siempre está rozando el silencio, hablando desde donde no queda más para decir.

–Una constante en tus poemas, en especial de Geología, es justamente el tema de la infancia, esa “tierra natal”...

–Es que para mí la poesía es el terreno de celebración de la pérdida, no en un sentido melancólico, sino como una manera de recobrar lo perdido a través de una escritura que nos permita soportar esa pérdida.

–Mencionamos de pasada la vista, tu libro de 2002, conformado por textos inspirados en películas. ¿Qué tuvo de particular su composición?
–El trabajo con la vista fue de muchísimo disfrute para mí, porque supuso volver a visitar películas que adoraba. Pasé todo un verano dedicado a mirar películas amadas y escribir acerca de ellas... muy parecido al estado ideal para mí. Y fue como reunir dos mundos fundamentales, el de la imagen y el de la poesía. Lo trabajé a partir de un entrecruzamiento entre mi voz y la de ciertos personajes de las películas. En realidad, a estos poemas los pienso casi como traducciones de un lenguaje a otro.

–Con la vista obtuviste el II Premio Casa de América de Poesía Americana, ¿qué significó obtener ese galardón?
–Yo estaba en una época complicada con relación a la escritura. Sentía culpa por dedicarme a ello en lugar de dedicarme a algo más... rentable. Y lo viví como una especie de autorización: me permitía dedicarme con menos culpa a lo que amaba. Es que la poesía queda fuera de la lógica capitalista, no tiene ninguna utilidad.

–¿A qué autores reconocés como influencias en tu escritura?
–Los libros que más he amado son libros de narradores. Por eso descreo de los géneros, porque a veces creo que congelan el lenguaje. Nombraría a Marguerite Duras y Marcel Proust, quienes tienen una relación particular con el lenguaje. Se acercan al terreno de lo indecible. Después, poetas como Yves Bonnefoy. Además, Alejandra Pizarnik ha estado entre las primeras influencias, incluso comencé a escribir a partir de leerla.

 

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